Mi experiencia surrealista de La Traviata


Ayer fui al Teatro Real de Madrid para ver La Traviata. Es una ópera que siempre me ha gustado mucho y estaba entusiasmada a la idea de verla por fin. Se había pospuesto por tema covid en mayo y se había reprogramado para julio. Hasta aquí bien.

Os voy a contar la historia de La Traviata con las gafas violetas puestas, con una visión feminista, humorística y contemporánea en tiempos de pandemia.

Empieza el preludio con la mitad de la orquestra. Los únicos que se libraron de la mascarilla fueron lo que tocaban instrumentos de viento. Obvio.

El primer shock impactante de esa ópera es la llegada del coro al escenario, con mascarillas, entrada desescalonada, y cada uno en su cuadradito pintado en el suelo. Lo bueno es que se quitaron la mascarilla para cantar. Visto desde arriba parecía un futbolín. Se puede apreciar en la foto abajo.

Una vez, pasado el trauma de los cantantes encasillados literalmente, empieza la historia:

Violetta, la prota, es una “cortesana”, o sea una mujer de la sección de las de mala vida. Canta “sempre libera“. Muy mala vida. Disfruta de los placeres de la vida, tiene amantes y organiza muchas fiestas.

Le presentan a Alfredo, que era una especie de admirador. Viene una canción famosa, esa del brindis.

LA PRINCESA RESCATADA POR SU PRINCIPE, EL AMOR LO PUEDE TODO

Alfredo le declara su amor, ella no está segura pero total acaba cediendo. Pierde su libertad y se exilia en el campo, en las afueras de París para vivir su amor con Alfredo. Hay que estar muy enamorada por dejarlo todo y exiliarse al campo a finales del siglo XIX encima.

LA CULPABILIZACIÓN PATRIARCAL

Pues al padre de Alfredo no le hace mucha gracia que su hijo esté con una mujer sin estar casado y que sea tan libertina. Viene a casa de Violetta para decirle que separarse de su amor por la reputación de su familia.

MUJER BUENA VS MUJER MALA

Claro, es que quiere casar a su hija “pura como un ángel” pero la mala vida de su nuera está echando atrás al pretendiente de la hija. La hermana de Alfredo es la buena, la dulce y pura mientras que Violetta es la encarnación del mal. Por lo mucho que haya cambiado su estilo de vida y se haya enterrado en el campo por amor a Alfredo. Eso ya da igual.

Pues a Violetta no le hace ninguna gracia la visita del suegro y ya empieza el momento drama: “el suplicio que pedís es tan terrible que preferiría morir”. Claro, una mujer sin su amor no es nadie y su vida no tiene sentido. Empieza todo un rollo victimista digno de la mejor drama queen.

El suegro la tranquiliza y le dice que el sufrimiento es lo más normal del mundo y que “el cielo la recompensará por esas lágrimas”. Un valle de lágrimas si, pero con la recompensa del cielo al final. Tú eliges.

La bella heroína cumple con las órdenes del suegro, abandona a su amado sin explicaciones y vuelve a su mala vida. Nuestra heroína está muy sola. Ella sólo vivía por su amor. Oh dear. “Ámame Alfredo tanto como yo te amor”. ¿Tanto cómo yo te amo? Lo de ámame es un imperativo, una orden. A este paso, es Alfredo el que se pira.

Luego llega la escena de las gitanas que vienen a predecir el futuro. Esa canción mola (en Francia, la utilizaron para la publi de un jamón). Entonces, las gitanas y los toreros cantan que la señora tiene muchas rivales. Claro las mujeres siempre tienen que competir entre sí por el amor de un hombre, no se habla aquí de las mujeres que se unen entre ellas, que se apoyan y se quieren. Si fuera así, La Traviata no sería La Traviata.

Ahora viene lo bueno: Alfredo aparece en la fiesta donde está Violetta con su ex amante, un barón, ni más ni menos. No le hace mucha gracia a Alfredo ver a su ex en brazos de otro. ¿Qué hace? La humilla en público delante de todos los invitados. Que por cierto tiene un extraño parecido con los invitados que bailan el Time Wrap del Rocky Horror Picture Show, todos alineados con sus outfits de fiesta.

Let’s do the time wrap again

Ay pero pobre, estaba celoso y enfadadito. No sabía controlarse. Pero ojo, se arrepiente rapidito. Y ella, con su amor incondicional, se lo perdona todo, a pesar de la tremenda bronca que le acaba de echar y le dice: (no te lo pierdas!): “seguiré amándote incluso cuando haya muerto”. Que alguien me explique eso del amor después de la muerte.

Último acta:

Violetta está en la cama, está enferma de tubercolosis, ay ay ay la mala vida y la pena tan grande que ha vivido no han podido con su frágil salud. Vamos, un castigo divino por ser muy mala.

Alfredo se entera por fin que Violetta se había sacrificado por el bienestar de su familia (y bajo las amenazas del suegro también). Vuelve loco de amor por ella. Cantan los 2, cada uno al lado de la cama, manteniendo la distancia de seguridad. Vuelve también el suegro tan malvado y la quiere abrazar, con el distanciamiento social, lo lleva crudo. Violeta está agonizando pero es un arrebato de magnanimidad le da un retrato suyo (será por código QR) a Alfredo y le dice que se lo enseñé a la próxima churri que tenga, por que la señora que está muerta en la foto la cuidará. Miedo da.

Hay un momento al final, que parece que se recupera, que está mejor y que parece que va a poner las perdices al horno, pero no dura y luego se muere. Fin trágico. Es ópera no es comedia. Ya se veía venir.

Conclusión: una experiencia más bien surrealista, graciosa y me ha parecido interesante percibir todos esos patrones que tenemos tan interiorizados sobre el amor, el sacrifico y el sufrimiento. No podemos reescribir la historia ni tener finales felices de óperas pero si que podemos construir un mundo mejor, más divertido y más amoroso.

Mi foto de influencer, hasta me he puesto guapa para la ocasión!

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